Cenicienta furiosa

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Ana Istarú

Cenicienta, Gretel, (la hermanita de Hansel) y Blancanieves tenían un atributo en común: la escoba. Barriendo el piso, dos de ellas consiguieron marido, la tercera salvó la vida. Algo bastante espeso nos insinúan los cuentos de hadas. Ahora bien, ¿se ajusta fielmente esta apreciación a la realidad? ¿Empuñando una escoba conseguiremos amor, aprecio, afecto, albergue, alimento, autonomía, y tantas otras aes imprescindibles para la supervivencia? Me lo pregunto porque, ¿en qué se convierte una mujer, al menos en los cuentos de hadas, firmemente aferrada a una escoba, con el transcurso del tiempo? – En una bruja.

Una bruja es, quizás, esa Cenicienta de la que ya no se habla, sabia ahora, vieja y encolerizada: lo de “vivieron felices y comieron perdices” nunca explica, por ejemplo, a quién le tocó cocinarlas. “A la empleada”, diría con inocencia una criatura, oyendo el cuento. “Todas somos empleadas no asalariadas”, diría yo. “No se salvó ni la esposa del millonario de la isla de Gilligan.” Pero quién sabe de Gilligan a estas alturas del milenio, en que la brecha generacional se divide entre aquellos que devorábamos tele y aquestos que devoran Internet. Todas somos empleadas, o amas de llaves, o administradoras.

Los Príncipes “ayudan”, si es que lo hacen, pero casi nunca perciben barrer la casita de los siete enanos como asunto propio. (Brillan por su presencia exquisitas excepciones. Besos a ellos: los adoramos, en especial sus hijos.)

Pero el punto no es ese. El punto es este: ¿cómo le fue, realmente, a Cenicienta? ¿Qué calidad de vida tuvo en su vejez? ¿Reciprocó el Príncipe, ya convertido en Rey, sus múltiples desvelos? ¿Cuidó su cáncer de seno? ¿La encontró bella sin esa luna gemela? ¿Recibió todas las susodichas aes? ¿Quisieron sus hijos a Cenicienta? Conozco a varias. Tengo malas noticias. Algo no manejaban bien nuestros queridos Grimm, a nivel de estadísticas. Sé de abuelas que aplancharon una hilera de camisas capaz de darle la vuelta al planeta, de viudas a las que sus hijos prohibieron contraer un nuevo matrimonio, de esposas abandonadas por enfermedad.

No hay que ser tan buenas. No paga. ¿Exigiríamos de alguien que renuncie a su dignidad, a sus aspiraciones? ¿Le daríamos de comer mal y de pie, le quitaríamos el sueño, lo pondríamos en el sótano de nuestras prioridades? ¿Por qué hacérnoslo a nosotras? Si para protegernos no nos basta el amor propio, tratémonos al menos como a una hija. Si podemos ser madres del mundo, casémonos primero con nuestras vidas.

Fuente: http://www.nacion.com/2011-05-22/Proa/Tinta-Fresca/Proa2768742.aspx

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